Por Leonardo Strejilevich.  


Las enfermedades son a veces perversas creaciones individuales; son mundos inferiores, más pobres y desolados que los mundos de la salud. Comunes a todos los mundos de la enfermedad son la sensación de opresión, de coerción, de constreñimiento, la reducción del espacio vital, la pérdida de la libertad, el bienestar, el equilibrio y la inefable sensación de estar siempre a punto para realizar aquello que se desee.

Es común el miedo a sufrir, enfermar y morir, a perder nuestra personalidad y a que se interrumpa el contacto con el mundo que nos rodea e iguales de elementales e intensos son nuestros sueños de recuperarnos de la enfermedad, de renacer, de que se restauren de un modo maravilloso nuestra salud y nuestro contacto con el mundo. La sensación de que algo pasa que no está bien, de que estamos enfermos o equivocados precede a la aparición de los signos exteriores detectables de la enfermedad.

Podemos presentar resistencia a nuestras enfermedades y combatirlas empleando no sólo los remedios que nos proporcionan los médicos y otros profesionales, sino también recursos y poderes propios que pueden ser innatos o adquiridos. Nunca sobreviviríamos sin esos poderes salutíferos, tan difíciles de obtener.

Buena parte de las instituciones para el tratamiento de las enfermedades crónicas e incurables carecen de espacio y de comodidades, de modo que los internos suelen padecer las consecuencias del confinamiento y el hacinamiento, así como de la soledad y la inactividad. Las instituciones hospitalarias, por el hecho de ser coactivas, agravan las enfermedades de los internos.

Averiguar acerca de cómo se siente el enfermo sólo puede desarrollarse con un diálogo en términos humanos, en términos familiares, que surgen con facilidad y de un modo natural de cada uno de nosotros; y sólo puede mantenerse si hay una confrontación directa y humana, una relación de tú a tú entre el universo del discurso de los médicos y el de los pacientes.

Buena parte de la literatura médica reciente y actual es estéril, ilegible, inhumana e irreal. No hay nada vivo que no sea individual: nuestra salud es nuestra, nuestras enfermedades son nuestras y nuestras reacciones son nuestras, del mismo modo que lo son nuestras mentes o nuestros rostros. Nuestra salud, nuestras enfermedades y nuestras reacciones no pueden ser comprendidas in vitro, por sí mismas; sólo pueden ser comprendidas con referencia a nosotros, como expresiones de nuestra naturaleza, de nuestra vida, de nuestro existir aquí en el mundo. Sin embargo, la medicina moderna prescinde cada vez más de nuestra existencia y, o bien nos reduce a réplicas idénticas que reaccionan a unos estímulos estereotipados de maneras no menos estereotipadas, o bien considera que nuestras enfermedades son puramente ajenas y perversas, sin relación orgánica alguna con la persona que las padece. Las consecuencias terapéuticas de estos conceptos, evidentemente, son la idea de que debemos atacar a la enfermedad con todas las armas de las que dispongamos, y la idea de que está permitido lanzar el ataque con total impunidad, sin pensar en lo más mínimo en la persona que se encuentra enferma. Semejantes ideas, que predominan cada vez más en todos los ámbitos de la medicina, son tan místicas y maniqueas como mecánicas e inhumanas, y resultan tanto más perniciosas en cuanto no son percibidas claramente ni manifestadas ni aceptadas de un modo explícito. La idea de que los agentes patógenos y los agentes terapéuticos obran por sí mismos, con independencia del medio en el que se encuentran, se atribuye a menudo a Pasteur, por lo que resulta muy saludable recordar las palabras que pronunció en su lecho de muerte: «Bernard tiene razón: lo patógeno carece de importancia, es el terreno lo que cuenta». Las enfermedades tienen su carácter propio, pero también comparten el nuestro, y, por más que tengamos un carácter propio, también compartimos el del mundo.

No debe aceptarse una concepción de la medicina carente de alma como una cadena de montaje: todo lo humano, todo lo vivo, es machacado, pulverizado, atomizado, reducido a meros datos matemáticos y procesado de tal modo que la persona desaparece por completo.

Todos los tratamientos químicos concebibles y todos los medicamentos conocidos tienen unos efectos limitados. En consecuencia, se impone la búsqueda de otras formas de comprensión y de terapia.

Una medicina es radical cuando es fisiológica porque trata de una manera delicada, pero directa, la función. Es radical porque no es pasiva, sino activa: el paciente ya no se limita a esperar la curación, sino que es un agente que contribuye a conseguirla. Es radical, y racional, porque se preocupa por encontrar métodos universales de curación que cualquier paciente pueda aprender y utilizar en beneficio propio. Es una medicina activa y fisiológica, y favorece la colaboración entre médico y enfermo, pues los une en el aprendizaje, la enseñanza, la comunicación y la comprensión. En consecuencia, cualquier medicina convencional y puramente empírica, debe ser complementada con una medicina universal y racional.

La función del tratamiento médico, de la cirugía, de cualesquiera procedimientos fisiológicos adecuados, es rectificar el mecanismo, es decir, el mecanismo o los mecanismos que se hallan tan deteriorados en los pacientes. La función de la medicina científica es rectificar el ello. Y la función del arte, del contacto viviente, de la medicina existencial, es despertar a la voluntad latente, al agente, al yo, hacerle recobrar sus poderes de dirección y de coordinación para que pueda recuperar su hegemonía y volver a ser el que mande, porque, en definitiva, la toma de decisiones no se ha de basar en una vara de medir ni en un reloj, sino en las reglas y las medidas del yo personal.

Lo que se necesita es dar vida, una razón para vivir, y eso no lo proporciona ninguna medicina.

Hay dificultades en la relación médico-paciente que pueden ser creadas por los propios médicos cuando, en vez de escuchar a sus pacientes y de tratarlos como a sus iguales, tienden a adoptar en sus relaciones con ellos —por la fuerza del hábito o, lo que es menos excusable, por una sensación de superioridad profesional que los lleva a establecer distancias— un enfoque y un lenguaje que impiden, de hecho, cualquier comunicación mutua.

El médico no debe ver al paciente como un objeto impersonal, ni debe identificarse con él, ni debe convertirlo en una proyección de sí mismo; lo que debe hacer es proceder por medio de la simpatía o de la empatía, avanzar en compañía del paciente compartiendo sus experiencias, sus pensamientos, emociones y sus sentimientos, es decir, los conceptos íntimos que conforman su comportamiento. Debe sentir o imaginar lo que sienten sus pacientes sin perder nunca por ello el sentido de sí mismo, debe vivir simultáneamente en dos marcos de referencia, y facilitar que el paciente haga lo mismo.

La aplicación de medidas terapéuticas suele ser mecánica y tecnológica y es neutral desde el punto de vista ético y correcta desde el punto de vista epistemológico, avanza continuamente y ha salvado infinidad de vidas. Sólo deja de ser correcta, y puede llegar a resultar errónea, si excluye los enfoques no mecánicos y no tecnológicos, si prescinde del diálogo clínico y del enfoque existencial. Los casos son entes abstractos, mientras que los pacientes son personas, personas que sufren, que se sienten perplejas y asustadas. Los pacientes necesitan el diagnóstico y el tratamiento adecuados, pero también necesitan comprensión y cuidados, así como relaciones humanas y encuentros existenciales, cosas que ninguna tecnología podrá nunca proporcionar.

El desarrollo de lo técnico debe aplicarse sin menoscabo de lo humano: se trata de lo que Buber definió como «la humanización de la tecnología, antes de que ésta nos deshumanice». Esa complementariedad debe hallarse siempre presente en el médico.

En el caso de enfermedad, el confinamiento del paciente, el ambiente que lo rodea, sus esperanzas y sus temores, lo que oye o cree oír y su médico, así como el comportamiento de éste, se funden en un único cuadro o drama.

Nuestra tecnológica época tiende a menospreciar las historias clínicas, consideradas acientíficas o meras descripciones, aunque en los últimos años, ha habido una reconsideración de la narrativa en cuanto indispensable instrumento científico. En la actualidad se manifiesta un renovado respeto hacia las historias clínicas, siempre que no se trate de meras descripciones de enfermedades o patografías.

Sentirse bien es tener lo suficiente: suficiente satisfacción, suficiente alegría, suficiente sensación de estar en paz con uno mismo, suficiente sosiego y estabilidad. Sólo hay una respuesta correcta para la pregunta: ¿Cuál es la dosis necesaria? de un determinado medicamento, y es: ¡La que resulte suficiente!

La realidad de un enfermo debe tratarse de un conocimiento vivido y concreto, fruto de la relación personal, no de ese conocimiento pálido y abstracto que se deriva de la práctica médica. Los enfermos son individuos, a los que cada vez debe ser más difícil reducir a simples estadísticas o listas de síntomas. Una buena descripción clínica de los casos es importantísima en medicina, y, muy en especial, por lo que se refiere a la neurología y la psiquiatría. El error fundamental es considerar que los aparatos eléctricos y mecánicos pueden reemplazar el estudio de la personalidad más las tendencias de la bibliografía médica que intentan desechar tanto la subjetividad como la reflexión.

Una buena historia clínica es compleja y se propone presentar las vicisitudes de una vida completa y en la que se exponen todas las repercusiones que ha tenido en ella determinada enfermedad.

Los humanos racionalizamos, disociamos, damos por sentado, por ejemplo, que la medicina moderna es una ciencia racional, basada en hechos concretos, no en creencias absurdas, y que nada hay más alejado de ella que lo fantástico o lo mítico. Pero no tenemos más que golpear suavemente esa capa de brillante barniz para que se rasgue de arriba abajo y nos revele sus raíces y cimientos, así como su viejo y misterioso corazón, hechos de metafísica, misticismo, magia y mito. La medicina es la más antigua de las artes y de las ciencias: ¿acaso ha de extrañarnos que brote de los sentimientos y los conocimientos más profundos que tenemos? Existe, evidentemente, una medicina ordinaria, cotidiana, rutinaria, prosaica, una medicina para los pies llagados, las anginas, los juanetes, los forúnculos; pero todos acariciamos la idea de que hay también otra clase de medicina.

La idea de una sustancia mística, un fármaco milagroso, algo que colme todos nuestros anhelos y alivie todas nuestras enfermedades, y que nos libere inmediatamente del triste estado en el que nos encontramos: son los equivalentes metafóricos del elixir de la vida. Esas ideas y esperanzas conservan plenamente en la actualidad su antigua fuerza mágica y mítica, y, por más que las rechacemos, aforan incluso en nuestro vocabulario habitual: las «vitaminas» (aminas indispensables para la vida), sin ir más lejos, de las que se ha originado el culto a la vitamina, o las «aminas biógenas» (aminas capaces de producir la vida), de las que la dopamina (la sustancia biológicamente activa en la que se transforma la L-dopa) es un ejemplo. La idea de que existen esos remedios místicos, sacramentales y capaces de producir la vida ha originado innumerables mitos y modas, así como entusiastas adhesiones de carácter particularmente extravagante e intransigente. Buena muestra de ello son la promoción de una droga como la cocaína por parte de Freud, las descabelladas reacciones que provocó al principio la introducción de la cortisona — cuando algunas conferencias médicas, según un observador contemporáneo, «parecían más bien una de esas asambleas de cristianos evangélicos en las que un predicador ofrece curas milagrosas»—, el actual problema de la drogadicción, de ámbito mundial, y, evidentemente, el fervor que despierta hoy día la L-dopa. Por fuerza hemos de tener la sensación de que, por debajo de las legítimas manifestaciones de alegría ante los posibles efectos beneficiosos de un nuevo fármaco, subyacía siempre ese entusiasmo tan especial, ese sentimiento místico, de carácter mágico; si no escucháramos a nuestros pacientes, nunca aprenderíamos nada.

La atención humana en medicina resulta, literalmente, vital, y que si es deficiente o no existe pronto los pacientes se vuelven muy vulnerables, y que en tales casos la primera y principal causa de mortalidad es la muerte existencial, es decir, la desaparición de la voluntad de vivir, que prepara el camino para la muerte física, es morir de pena.

Cuando uno está enfermo podemos parecer perfectamente normales o no y es en estas circunstancias en que se pierde la libertad y la amplia base para moverse que proporcionan la verdadera salud o la estabilidad y se entra en el estado semejante a vivir en el filo de un cuchillo, en la inestabilidad, se pierde la elasticidad, la ductilidad, la flexibilidad, que proporcionan la buena salud, y nos encontramos en un estado esencialmente frágil, quebradizo, lábil. Ya no vivimos en un mundo de suaves laderas y gradientes, en un seguro y familiar paisaje terrestre, sino que hemos sido desterrados a una especie de mundo de pesadilla, a un paisaje lunar lleno de agudas cumbres y profundos precipicios que encogen el ánimo y lo llenan de terror, un horripilante reino de cimas punzantes y despeñaderos de bordes cortantes.

Muchas veces las personas enfermas ven agravado su estado por la acción negativa de algún pariente que de modo inconsciente sin duda hacen todo lo posible por acentuarla y acentuar así la concomitante dependencia. Esas acentuaciones sociales y familiares de la enfermedad se dan en las familias neuróticas y esquizofrénicas.

Buena parte de la angustia y la desesperación de los pacientes y de sus médicos es consecuencia de intentos irreales de trascender lo factible, de negar sus límites y de buscar lo imposible; la adaptación es más laboriosa y también más modesta, y consiste, en esencia, en una minuciosa exploración de la inmensa variedad de lo real y lo posible y la aceptación de sí mismo y del mundo.

El concepto central de la enfermedad es el malestar, el de la terapia es el bienestar: todo cuanto fomenta el bienestar del paciente reduce sus potenciales patológicos y contribuye a que consiga la mejor de las adaptaciones posibles; lo que vemos es la total insuficiencia de la medicina mecanicista, la total insuficiencia de una visión mecanicista del mundo.

La hospitalización prolongada sin contención psicoafectiva produce la psicosis de hospitalización con intensa paranoia, imágenes alucinatorias de castración, degradación, abandono, venganza, despecho y rabia impotente.

El sentimiento de estar aislado y el de estar confinado; el sentimiento de vacío y el de insignificancia; el sentimiento de ser un enfermo crónico hospitalizado o ingresado en una institución es terrible y deletéreo.

La hospitalización separa a la persona de la sociedad y separada así de ésta, y sujeta, como consecuencia de ello, a innumerables normas y obligaciones degradantes; el sentimiento de haber quedado reducido a la condición de una niño, o un prisionero, o de haberse perdido, o de haber sido triturado por una picadora de carne; el sentimiento de tener que soportar la frustración, la desolación y la impotencia; el personal médico, extremadamente deseoso de descubrir cualquier enfermedad orgánica pero ciego, al parecer, a las penas del alma, no suele colaborar en mitigar esta especie de condena.

Esta triste y restrictiva situación se vive en instituciones para incurables, residencias para adultos mayores, asilos y cárceles, son todos ellos una especie de asilos adonde van a parar los desahuciados, los moribundos, los viejos, los indeseables socialmente en este zoo humano.

En el ingreso a una internación hospitalaria acuden realidades concretas y fantasías grotescas, la despersonalización sistemática acompaña al proceso de convertirse en un paciente. Cambian la ropa personal por un pijama blanco anónimo, ponen en la muñeca un brazalete de identificación con un número. Pasa uno a estar sometido a normas y regulaciones institucionales. No es más una persona libre, ya no se tienen derechos; no se está ya en el mundo. Existe una analogía rigurosa con el proceso por el que uno se convierte en un preso, y todo recuerda de forma humillante el primer día de escuela. No es ya una persona, se pasa a ser un hospitalizado. Se puede comprender que esto significa protección, pero es a la vez absolutamente aterrador. Y este terror se apodera de uno y abrumaba con esa sensación básica y ese temor a la degradación, a lo largo de las tediosas formalidades del ingreso, hasta que súbita y maravillosamente surge lo humano en el primer momento encantador en que alguien se dirigió a uno como yo mismo y no simplemente como un ingreso o una cosa y más aún cuando de pronto irrumpe junto a mi cama de condenado una jefa de enfermeras muy bonita y alegre.

Cuántas veces había disipado yo, como médico, los recelos y las aprensiones de mis pacientes misteriosamente, no por mis conocimientos, mi habilidad o mi experiencia, sino por el simple hecho de escucharlos. No podía darme reposo a mí mismo, sin embargo, no podía ser mi propio médico; pero otro podría. Pero ese otro médico cuando enfermé me dijo categóricamente y sin explicación alguna: está usted equivocado. No hay ningún problema en su organismo como usted lo ve. ¿Me comprende usted, eh? Con un movimiento brusco y, a mi parecer, irritado, se dirigió hacia la puerta, mientras sus acólitos que lo acompañaban en el pase de sala se apartaban respetuosamente para dejarle paso. Intenté captar la expresión de los miembros del grupo cuando se volvían, pero sus rostros permanecían herméticos y no me decían nada. La procesión abandonó rápidamente el lugar. Yo estaba asombrado. Todos los temores y las dudas torturantes y torturadas, todo el tormento que había padecido desde que había descubierto mi estado, todas las esperanzas y expectativas que había depositado en aquella entrevista…, ¡y luego aquello! Pensé: ¿qué clase de médico, qué clase de persona es este individuo? Ni siquiera me ha escuchado. No ha mostrado el menor interés. No escucha a sus pacientes…, le importan un pepino. Un hombre así no escucha nunca a sus pacientes, no aprende nunca de ellos. Y luego pensé: estoy siendo totalmente injusto. Además, ambos estábamos cada uno en su puesto, debido al carácter formalista y protocolario de la visita general.

Pero mi médico, en vez de eso, hizo lo contrario. Al no decirme nada, al decir «No es nada», se llevó un asidero, un punto de apoyo, el punto de apoyo humano que con tanta urgencia necesitaba yo. Ahora estaba doblemente enfermo y sin una nada en que apoyarme; doblemente sin apoyo, entré en la nada y en el limbo.

La neurología es entre otras especialidades médicas, en gran medida, una ciencia veterinaria, pues se ocupa, casi exclusivamente, de lo que puede medirse y verificarse; poco se ocupa de la experiencia interior, la estructura interna, la subjetividad, el sujeto. Se jacta de haber conseguido excluirlos, de ser una ciencia totalmente objetiva, de centrarse únicamente al igual que la física en lo público, lo visible, lo demostrable. Excluye los estados mentales, la conciencia, por subjetivos y privados, por no poderse verificar o comprobar de manera convencional. En la neurología no se pueden utilizar términos personales: la palabra conciencia, cuando se utiliza, denota un estado genérico de vigilia, contrapuesto a los estados de coma o estupor. No existe ninguna neurología de la identidad. Y sin embargo siempre ha sido obvio, al menos intuitivamente desde una perspectiva formal que no somos máquinas sensoriales ni autómatas impersonales; que toda experiencia, toda percepción, es autorreferente desde el principio; que nuestra memoria no es como la de los ordenadores, sino que se trata de organizaciones y categorizaciones de la experiencia personal; que el espacio y el tiempo no son el espacio y el tiempo de la física, sino conceptos en referencia a nosotros mismos. En el cerebro no hay una representación del espacio abstracto, sino de nuestro espacio personal, propio, individual, ante todo no hay duda de que nuestro cuerpo es personal, lo primero que define el ego o yo. («El ego es, en primer lugar y antes que nada, un ego corporal», escribe Freud.)

La neurología ha hecho oídos sordos a todo esto, y todavía se basa en un modelo mecánico, incluso la neurología de sistemas de Luria y Leontiev. El modelo mecánico se remonta a Descartes, a su división dicotómica de cuerpo y alma, a su idea del cuerpo como un autómata, con un yo dotado de conocimiento y voluntad revoloteando a su alrededor.

El médico se convierte para el paciente en una figura terapéutica, diga lo que diga, o haga lo que haga. Puede ver al paciente una, doce o si es psiquiatra mil veces. Puede proporcionar consejo, ayuda o análisis, pero más allá de lo que haga, la relación con su paciente es primordial. Su autoridad, su simpatía, y los innumerables e intangibles lazos inconscientes que se forjan en una relación afectiva entre médico y paciente, son mucho más importantes que cualquier cosa que diga o haga. Por lo tanto, esta relación es primordial en el tratamiento de todos los pacientes que padecen una enfermedad funcional u orgánica.

Sólo hay una regla cardinal: hay que escuchar siempre al paciente. Pues si hay pacientes que poseen una segunda queja común y legítima además de la que expresan en la consulta, es que los médicos no les han escuchado. Les han observado, investigado, medicado y cobrado, pero no escuchado. La entrevista terapéutica en primer lugar debe abordar el aconsejar y exhortar en las esferas emocionales aunque la capacidad del médico al respecto es extremadamente limitada.

Muchos pacientes acuden al médico con la esperanza de recibir un diagnóstico correcto, que les tranquilicen diciéndoles que se trata de una enfermedad benigna, que les ofrezcan una prognosis y un tratamiento claros, y quizá alguna medicación para sus agudos ataques; la atención médica superficial es desastrosa.

No hay una fórmula simplista de cura, sino que debe concebirse como una estrategia individualmente ideada para cada paciente, un intento de encontrar y asegurar el mejor modus vivendi para él.

Hay un grupo importante y a menudo profundamente incapacitado de pacientes que pueden estar apegados a sus síntomas, necesitarlos; hasta qué punto dichos pacientes pueden preferir el modo de vida de la enfermedad, con todos sus tormentos, a cualquier otra alternativa que se les presente. La nula predisposición al cambio puede derrotar cualquier esfuerzo terapéutico. Hay un grupo obstinado y trágico núcleo de pacientes cuyas enfermedades han demostrado ser incurables a pesar de haber pasado toda la vida buscando ayuda. Recordemos el sabio comentario de Deutsch: «Los seres humanos serían más infelices o caerían más rápidamente en la neurosis si no pudiesen enfermar de vez en cuando.» y parafraseando las palabras de Groddeck, la enfermedad es tanto un amigo como un enemigo, y sólo retrocederá si al paciente se le ofrecen elecciones radicalmente nuevas sabiendo que jamás ha existido ningún medicamento milagroso, y que nunca existirá. La terapéutica suele ser una cuestión de ensayo y error entre un número considerable de medicamentos que actúan sobre mecanismos específicos del sistema nervioso, junto con el tratamiento sintomático y el empleo de medicinas accesorias y de importantes medidas no farmacológicas.

Existe una regla cardinal: siempre hay que escuchar al paciente; y, por la misma razón, el pecado cardinal es no escuchar, no prestar atención a sus palabras. Antes de cualquier planteamiento específico, debe haber un planteamiento general: establecer una relación, una comunicación con el paciente, a fin de que médico y paciente se entiendan mutuamente. Una relación, además, en la que el paciente no sea totalmente pasivo y sumiso, que no crea y haga todo lo que se le dice y se tome todo lo que le recetan; una relación que es, esencialmente, de colaboración. La historia de los tratamientos se resume en gran parte en la superioridad médica y la explotación del paciente; lo primero que éste debe comprender a la hora de buscar atención médica es la importancia de una discusión larga y detallada entre él y su médico, una discusión que no se limite al conocimiento especial y a la habilidad del segundo, sino que, por el contrario, sea el encuentro entre dos adultos. El médico sensato deseará ser conservador, conociendo la sabiduría del cuerpo y la tendencia natural hacia la resolución que puede reconocerse en la mayoría de las enfermedades y en otros trastornos. Se mostrará contrario a la intervención excesiva y a preocuparse por nimiedades, sabiendo como Hipócrates que esto no sólo es inútil, sino también contraproducente, y que puede complicar la situación y retardar su resolución. La misma intensidad y obstinación del tratamiento que se le da en esta época puede servir para agravar, y no para aliviar, la enfermedad que se pretende sanar. La mejor clínica es la que el paciente es conducido, sin movimientos ni palabras innecesarios, a un cubículo en penumbra, donde pueda echarse y descansar, y donde se le de una taza de té y una aspirina. Los resultados de este tratamiento sencillo y natural, incluso en ataques clásicos de gran intensidad suelen ceder o circunscribirse en su espectacularidad; las respuestas no residen en medicamentos cada vez más fuertes, ni en medicamentos agresivos, sino en un sentimiento de compasión por el que sufre, y en la naturaleza; una profunda sensación del poder curativo de la naturaleza misma (vis medicatrix naturae), y la humildad que busca granjearse la amistad de la naturaleza, nunca tiranizarla. Pues las enfermedades no sólo son un suceso fisiológico.

Debe tratarse la enfermedad, sino al individuo afligido; que aunque el médico debe ser un erudito y un experto en enfermedades, medicamentos, fisiología y farmacología, su interés último debe ser el individuo. El médico no debe mostrarse dominante ni dogmático con el paciente, no debe hacerse el experto, insistir en que yo sé lo que más le conviene, debe escuchar al paciente, escuchar tras las palabras; escuchar las necesidades concretas no pronunciadas; dirigirse a sus inclinaciones, a sus pautas vitales; escuchar lo que su enfermedad está diciendo, sólo entonces quedará despejado el camino de la curación sin frenética polifarmacia.

Hay muchos caminos a seguir, y no hay ninguno que sea el mejor; cada médico, cada paciente, descubrirá qué le va mejor. Esta lista podría ampliarse enormemente. No se puede tratar a los pacientes de manera rutinaria; no hay ningún plan ni ninguna fórmula que encaje con todos los pacientes; hay que probar los medicamentos y todas las combinaciones de medicamentos disponibles con paciencia y esmero, en la esperanza de encontrar algo que le vaya bien a cada individuo.

El problema puramente médico, consiste en clarificar los fenómenos, realizar un diagnóstico, comprender lo que sucede e igualmente, que no es una somatización ni una histeria (el estribillo de tantas acusaciones, de los demás y de uno mismo), sino un suceso real y moralmente neutro, que es orgánico, desde luego, pero esencialmente benigno. En una aproximación médica simplista, una vez clarificado esto –que en sí mismo puede tranquilizar enormemente al paciente–, el siguiente paso a dar será recetar medicación. General y naturalmente, uno debería comenzar con los medicamentos más suaves y seguros y sólo si éstos no son eficaces pasar a los más potentes pero, por esta misma razón, exigir más precauciones.

Es crucial, siempre, un interrogatorio minucioso en relación a todas las circunstancias de la enfermedad: cuándo son más comunes, cuándo son más infrecuentes, qué pautas siguen y qué desencadenantes los provocan. Pero a un nivel más profundo, uno precisa conocer la economía de una vida, las necesidades psicológicas y fisiológicas. Y esto no es algo que pueda averiguarse de una manera rápida o casual, sino que requiere una relación entre el paciente y el médico, y una comprensión, por parte del enfermo, que no se alcanza en un momento, de las relaciones entre sus pautas de vida y sus síntomas. Hasta cierto punto exige convertir al inconsciente en consciente. Debe exigirse excluir la supuesta necesidad de una enfermedad en la vida del paciente, el supuesto papel que podían jugar sus síntomas, el uso de medicamentos y a veces las condiciones económicas y sociales. Hay reducir por parte del médico la propia e impaciente necesidad de tratar e inclinarse a escuchar más atentamente a los pacientes, con toda esa pauta de rasgos y factores en continuo cambio que el paciente sufre y crea.

Naturalmente, uno no ha de rechazar el tratamiento fisiológico, sino que debe buscar qué medicamentos, o qué otras medidas, pueden ayudar al paciente. Pero al mismo tiempo tanto el paciente como el médico deben indagar más profundamente; pues las enfermedades, cuando son frecuentes, no sólo son una enfermedad, sino toda una manera de ser, que obliga al organismo a adaptaciones e identidades especiales.

Paradójicamente, no resulta tan fácil encontrarse bien; en ciertos aspectos es más fácil llevar una vida limitada, estar enfermo. Con los padecimientos frecuentes, con los síntomas que se inmiscuyen en todo, uno se adapta, aprende, de manera paradójica, a estar enfermo. A medida que se desarrollan nuevos medicamentos y nuevas terapias, mientras la aflicción fisiológica comienza a remitir, uno debe convalecer, debe permitirse un período provisional de recuperación, uno tiene que aprender a estar bien. Sólo con esta actitud, y de manera gradual, con comprensión y cautela, podremos dejar atrás definitivamente la sombra de la enfermedad y se abrirán ante nosotros las posibilidades de una recuperación plena.

(*) Este texto está construido sobre frases textuales y paráfrasis de la profusa y extraordinaria obra escrita del neurólogo inglés Oliver Wolf Sacks (1933 – 2015). Comendador de la Orden del Imperio Británico [.]​. Fue médico neurólogo y escritor británico, aficionado a la química y divulgador de la ciencia, sobre todo en lo relativo a su especialidad.] Pasó por la facultad clínica de la Escuela de Medicina Albert Einstein de la Universidad Yeshiva antes de enseñar neurología en la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, y esta disciplina y psiquiatría en la Universidad de Columbia, donde también ocupó el cargo de Artista de Columbia. También fue profesor visitante en la Universidad de Warwick del Reino Unido. ​


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