Por Leonardo Strejilevich.

De pronto aparecen noticias que sacuden a la gente en pandemia y con menor intensidad sin pandemia acerca de que han muerto trabajando médicos y enfermeros.

La muerte no suele ser cortés con nadie ni tampoco con sus acérrimos enemigos los médicos y enfermeros.

Los profesionales y trabajadores de la salud ejercen un oficio con soporte científico y técnico de eficacia directa con resultados buenos, inciertos, relativos o nulos.

Los médicos y enfermeros ofrecen un servicio de manera excelsa y militante que es ayudar a vivir a las personas. El oficio de ayudar a vivir es un oficio tenso, desgastador, lleno de angustias y terrores; es desvivirse, ejercer con pasión, con cierto olvido de uno mismo y muchas veces acometer actos de heroicidad.

La salud y la higiene mental de médicos y enfermeros reclaman por lo menos un lugar en el mismo plano que la de los pacientes.

La ausencia del médico es interpretada por los pacientes, muchas veces, como huida, abandono o traición y como los pacientes son muchos y los médicos pocos el resultado aritmético es desastroso.

En el imaginario popular aparece como si el médico o el enfermero tuviesen que morir en la brecha. Lo cierto es que médicos y enfermeros con devoción por el deber, pero más cansados, agotados, insomnes, irritables no son la mejor ventaja y para nada recomendables para los pacientes.

Médicos y enfermeros en las actuales circunstancias necesitan ser resguardados y cuidados y es necesario que el público comprenda que la inoportunidad, la insistencia, la indiscreción, el desmedido reclamo y la agresividad es un atentado a un bien que no conviene maltratar.

Morir en su puesto puede ser un impresionante paradigma de devoción por el deber, pero más sano es vivir y trabajar en el puesto en forma plena, lógica y humana.


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